Gustavo Fernández

Mi trasegar como documentalista remite a experiencias de relaciones con personas “del común”, gente auténtica casi siempre de origen humilde; vendedores  ambulantes que elaboraban productos comestibles para vender a otros colegas recorriendo a pie (“Róbalo con Arepa”, 1990), o en moto el centro de ciudades como Medellín y sus alrededores (“El Diablo y la Rumba”). Celadores (cuerpos de seguridad) que pasan la vigilia nocturna confinados en un edificio a oscuras o una pequeña barraca, enfrentando la soledad de forma creativa o imaginando escenas fantásticas.

He filmado historiadores empíricos, fiestas y protestas populares en “Para verte mejor América Latina”. Y ahora, con este proyecto, a guerrilleros de las FARC provenientes de la “Colombia  profunda”, que pasaron 20 o más años de vida en su grupo insurgente con la ilusión de una vida comunitaria y solidaria.

Estas búsquedas, con el referente común del gesto y la palabra, las inicié a los 35 años cuando hacía un posgrado en Francia de la mano de Jean Rouch. Pero mi primer “maître fou” fue un cura humanista de Medellín, Luis Alberto Álvarez, quien me empujó a abandonar mi trabajo como profesor de matemáticas aplicadas y explorar la senda cinematográfica.

La preocupación por  el encuentro y el diálogo me llevo también a emprender un periplo de visitas a mis 6 hermanos y mi padre para filmar (“De-s-amparo, polifonía familiar”, 2002).

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